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¡Cuatros meses ya! y la extraño como el primer día

Iara fue un ser especial en mi vida, tierna al extremo de su mirada hasta cada gesto. Tengo tantos recuerdos y anécdotas que desde pequeña ella fue forjando para mi mente.

Sí, la idea era agregar aquí un vídeo que le hice pocos meses antes de morir, no tiene la mejor calidad, ni tampoco el mejor encuadre, pero quería mostrar como ella sabía contar hasta “dos”, cada vez que era su hora de comer, le daba dos vasos de alimento balanceado al mediodía y dos a la noche, entonces jugaba con ella diciéndole que sólo le daría uno, y ella hacía que NO con la cabeza y se iba hacia atrás y se sentaba a esperar que le sirviera el segundo. Ese juego se había vuelto una especie de ritual pues me gusta disfrutarlo con ella.

En cuanto pueda editar el vídeo de manera que me deje subirlo lo haré. Pues Iara es otra de las maravillas de la naturaleza que disfruté por algunos años y vale la pena que la conozcas.

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Andando calles viejas con ojos nuevos o viceversa…

Cada vez que partimos de un lugar amado, si bien queremos regresar no siempre sabemos a ciencia cierta si lo haremos realmente.

Creo que no me alcanzan los dedos de las manos para contar las veces que me mudé, a veces con alegría, otras con lágrimas, muchas veces hice mío aquél párrafo hermoso de “El Profeta” de Kahalil Gibran: ¿Cómo podría partir en paz y sin pena? No, no abandonaré esta ciudad sin una herida en el alma. Largos fueron los días de dolor que pasé entre sus muros y largas fueron las noches de soledad y, ¿quién puede separarse sin pena de su soledad y su dolor? Demasiados fragmentos de mi espíritu he esparcido por estas calles y son muchos los hijos de mi anhelo que marchan desnudos entre las colinas. No puedo abandonarlos sin aflicción y sin pena. No es una túnica la que me quito hoy, sino mi propia piel, que desgarro con mis propias manos.

Tal cual, existen calles que grabaron mis pasos, sobre otras se esparcieron mis risas y mis palabras de paz, de amor, de dolor o de rabia. Por eso luego de los años volver a andarlas, es una bendición en la que se te agolpan otra vez las emociones y recuerdos de otros tiempos y la ves con ojos nuevos, buscando los cambios, descubriéndolos; tal vez hasta tenga el mismo aroma y los plátanos o eucaliptos floreciendo y hasta halles algún vecino que solías saludar, pero aunque todo halla cambiado es hermoso poder volver a andar calles que formaron parte de tí, como esta de la foto, en el barrio La Floresta, en Quito, Ecuador donde viví durante tres años.