Es un blog de fotos de la naturaleza, viajes y cosas bellas en general.

Entradas etiquetadas como “infancia

¿Urraca parlanchina?

Sí, recuerdo que en mi infancia solía ver Las Urracas Parlanchinas, dos pájaros negros y revoltosos, que solían comerse las mazorcas de maíz como si fueran el rodillo de una máquina de escribir, no eran mis dibujos predilectos, pero en esos días no había tanta variedad para elegir, además la programación televisiva comenzaba tarde, tipo a las 17.00 hs. así que si ibas a la escuela por la tarde, llegabas justo para tomar la leche y ver los dibujitos.

En fin, no era de los dibujos de los que quería hablarles sino del hecho que finalmente hace unas semanas conocí personalmente una Urraca y no se le parecía a las que solía ver en dibujos. Tal vez existan muchas especies de Urracas. Y esta del zoo, era realmente hermosa y tranquila o al menos lo estaba ese día.


Yo que creí que deshojar margaritas era un juego sin ciencia.

Pues sí, no me hubiera puesto a pensar jamás que lo que consideraba un juego de niños y adolescentes, no hubiese sido inventado por un ser enamorado sin más complejidad que el confirmar el amor de su ser amado. Sin embargo, hasta hoy  encuentro la página de Alejandro Rojo, quien nos da una complicada pero ilustrativa explicación acerca de toda la ciencia que encierra este “simple juego”; y cómo no voy parafrasearlo hete aquí la dirección donde puedes leerlo: http://www.albertorojo.com/publicaciones/DeshojandoMargaritas.pdf


Pedir deseos a los panaderos… cosa de niños

 

Sí pues, no sé si en todas parte existe esta costumbre de  mostrarle a un niño una semilla de Diente de León, pedirle que la sople, pida un deseo e intente mantener a alguno de los plumines extremadamente fino volando y llevarlo lo más lejos posible para que de esta manera se cumpla el deseo, era una manera de mantenernos entretenidos, creo. Pero lo más curioso era que le llamábamos panaderos, y cada vez que veíamos uno, corríamos a agarrarlo diciendo: un panadero, un panadero, pidamos un deseo! estas son otras cosas bonitas de mi infancia, más allá de que a poco rato olvidáramos que habíamos pedido un deseo.


Primaveras de ayer y de hoy…

Cuando era una niña vivía en un hermoso barrio de casas bajas y cada una con un gran espacio de patio y jardín, donde la mayoría de los vecinos tenían sus árboles frutales, gallinero, galpón, parrales que iban desde la puerta trasera de la casa hasta el cerco del fondo del terreno, había un aljibe, mucho lugar para correr y árboles para trepar.

En ese tiempo, no importaba mucho que la primavera trajera consigo hermosas flores, no era mi prioridad, pero sí sabíamos mis hermanos y yo que pronto nos reuniríamos con papá para fabricar nuestras cometas (barriletes), así que un día salíamos a cortar cañas y luego papá con una cuchilla filosa hacía unas varillas derechitas y finitas, las cuales lijaba para que no nos lastimáramos con sus astillas. Luego alguno de nosotros iba al almacén de ramos generales, pues no había allí una papelería ni tampoco supermercado, y compraba hilo para cometa, así lo pedíamos. Una vez que teníamos todos estos implementos comenzaba cada uno a idear su diseño y papá se daba maña para complacernos. Yo recuerdo especialmente, un año en que me hizo un barco, sí, extraño, pero yo por alguna razón quería ver volando en el cielo una cometa con forma de barco, no lo hicimos con papel de cometa, sino con uno que teníamos a mano en casa y era de color celeste lo cual no contrataba mucho, por ello una vez que estuvo listo, mi tarea fue recortar dibujos y fotos coloridas de revistas y pegarlos por doquier.

Fabricar la cola también era un ritual, para el cual teníamos indefectiblemente que contar con mamá para que nos diera alguna camisa vieja para cortar en trozos, ella siempre nos conseguía telas variadas que anudábamos unas con otras y nos quedaba una cola colorida.

Difícilmente hoy vea una cometa “casera” revoloteando en el cielo, hoy son muy lindas, con los colores de los equipos deportivos de la región o diseños de dibujos animados. Pero detrás de ellas no guardan el recuerdo de un ritual compartido con papá y mamá.

Y lo más lindo era que el día de Primavera, se hacía el concurso de cometas, y había un premio para la cometa más grande, la más original, la que volaba más alto y a la más colorida. Solíamos ir a ver, pero no participábamos, no sé bien porqué, tal vez porque nuestro premio era simplemente disfrutar de hacer las cometas y luego hacerlas volar ayudados de los consejos de papá.


Aprendiendo a los ponchazos…

Lo más parecido a una cámara que tuve en mis manos a los 12 años fue lo que parecía ser un rollo 110 en su cajita, era una supuesta “cámara” descartable que no recuerdo bien cómo llegó a mis manos, tal vez fue un intento de algún adulto por adormecer mis deseos de tener una cámara real, (allá por el año ‘79 en plena dictadura), no lo sé, pero, aquel prisma rectangular no media más de 8 cm. de largo por 3 de alto, ¡wow! Era supersofisticado.
En fin, esa cajita tenía en la parte superior un botón a modo de disparador, un pequeño orificio que obraba de objetivo y por supuesto un mini visor, eso era todo; sin embargo, yo creía que tenía todo lo que necesitaba para sacar fotos espectaculares como las de National Geographic. Bueno podría hacer el intento con apenas 24 posibilidades.
A diferencia de los niños de hoy que a los 5 años ya son expertos en todo, pues ya han manipulado controles remotos, celulares, dvd, tv, computadoras, etc. Yo a esa edad creí que con lo que tenía en mis manos podía empezar mi gran carrera, pensando en las pequeñas flores que tomaría nítidas y grandes (imaginé que era cuestión de acercar el objetivo la suficientemente cerca al objeto y listo!).
Para esta instancia todavía no pensaba en tomar fotos a los rayos, no porque no pudiera hacerlo con esa cámara descartable sino porque era pleno verano y faltaba mucho para las tormentas eléctricas, y bueno, así pensaba a los 12 años.
Seguro que ni se imaginan mi gran sorpresa una vez revelado aquel rollo, no había una sola foto que pudiera conservar, todas estaban borrosas, mal enfocadas, etc., etc.
La verdad es que esta primera experiencia me desilusionó un poco, sin embargo, comencé, siempre que podía a investigar sobre las cámaras que tenían familiares o vecinos y a su vez leía lo que encontraba en diarios y revistas sobre fotografía, lo cual no era tan fácil como lo es ahora con internet.
Esto es sólo el principio.


Cómo adquirí el gusto por la fotografía

Recuerdo bien que en mi infancia la mayoría de los inviernos la pasaba enferma, por lo cual mis pasatiempos estaban limitados a pintar, dibujar, leer y ver televisión.  Con el tiempo comprar libros de cuentos y de colorear era todo un presupuesto, así que papá comenzó a conseguirme en la feria revistas usadas de National Geographic, estas impactaron mi vida causando una impresión imborrable en mí, al punto que aún hoy recuerdo la primera que vi a los 8 años. La revista contenía un artículo de varias páginas con fotografías de rayos, recorriendo cielos, grises, violetas, negros, azul marino, sepia;  me maravillé en gran manera al verlas y pensé que algún día tomaría una foto como esas, sin imaginar  siquiera si sería fácil o qué necesitaría para llevar a cabo tal deseo.

Siguiendo con la recorrida de las páginas de la revista, continuó mi embelesamiento, al ver bosques, mares, desiertos, cielos, ríos, animales, flores, todo plasmado con tanta belleza que pensaba que eran lugares mágicos, pues nunca en la vida real habían captado mis ojos aquellas cosas que veía en esas revistas.

Agradezco a Dios que nunca olvidé mi sueño de fotografiar un rayo y que fui trabajando muy lentamente para cumplirlo (ya les contaré cómo), y aunque transcurrieron 30 años me siento feliz de haberlo logrado, es verdad que mi foto no se parece a las de National Geographic, pero hice lo que pude con la cámara que tenía y me siento satisfecha.

Silvia Marcel Acuña (más…)