Es un blog de fotos de la naturaleza, viajes y cosas bellas en general.

Infancia

Para el día de las Madres, una historia de abrojos y espinas

Me gusta traer recuerdos de mi infancia en el Día de la Madre, porque en cada uno ella tuvo un rol significativo.

Como aquellos días en que supuestamente, bajo la vigilancia de mis hermanos mayores, me embarcaba a la aventura de recorrer los extensos terrenos baldíos que se extendían por nuestra pintoresca Villa.

Recuerdo muy bien, todas las advertencias que recibíamos de mamá antes de salir en estos paseos, en primer lugar debía ponerme pantalones largos para cuidarme de los  rayones de los cardos, abrojos, chircas y rosetas. Algo que no debíamos hacer era comer frutas verdes ni calientes del sol y mucho menos sin lavar, tampoco comer revienta caballo (lo cual era toda una tentación, se me hacían pequeños tomatitos que siempre quería arrancar), estas eran sólo algunas de las cosas de la lista que me preparaba para salir a descubrir la naturaleza.

Si bien, nunca probé revienta caballo, y solo llegué a comer moras silvestres sin lavar, un buen día entendí la advertencia de los pantalones largos, luego de haber corrido entre los chircales, haberme llenado las medias de abrojos y ver mis piernas surcadas por los arañazos de los cardos.

Así es que puede un niño comprender parte de la sabiduría materna. Porque las madres pueden protegerte desde lejos, ya que mientras tú ni te enteras ellas guardan en ti sus palabras, las cuales regresan a ti cuando las necesites. Hay muchas cosas bellas que puedo decir de mi madre, pero hoy quería recordar una historia de mi infancia, en la que ella siempre estuvo presente, cuidándome y mostrándome su más detallado cuidado.

Agradezco tenerla todavía cerca mío y poder seguir brindándole mi amor. Espero poder cuidarla tanto como ella me cuidó.

Para tí mamá, por todas las veces que me evitaste las espinas!!

 

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¿Urraca parlanchina?

Sí, recuerdo que en mi infancia solía ver Las Urracas Parlanchinas, dos pájaros negros y revoltosos, que solían comerse las mazorcas de maíz como si fueran el rodillo de una máquina de escribir, no eran mis dibujos predilectos, pero en esos días no había tanta variedad para elegir, además la programación televisiva comenzaba tarde, tipo a las 17.00 hs. así que si ibas a la escuela por la tarde, llegabas justo para tomar la leche y ver los dibujitos.

En fin, no era de los dibujos de los que quería hablarles sino del hecho que finalmente hace unas semanas conocí personalmente una Urraca y no se le parecía a las que solía ver en dibujos. Tal vez existan muchas especies de Urracas. Y esta del zoo, era realmente hermosa y tranquila o al menos lo estaba ese día.


La herencia de mi abuelo

Una vez más ha comenzado el mes de diciembre, lo cual me llena de un espíritu especial, por muchas razones en realidad; una es que ya estamos cerca del verano y solemos tener por aquí unos hermosos días soleados, a veces calurosos, pero hermosos al fin pues no es posible tenerlo todo, ¿no crees?

En fin, otra razón es que me encanta la navidad, por lo que significa y porque pongo en uso la herencia de mi abuelo paterno. Tal vez pensaste que se trataba de algunos platos, fuentes o adorno navideño que recibí de él, pero la verdad es que lo que conservo de mi abuelo son más bien recuerdos, pocos, pero lindos.

Te diré que durante mi infancia visitar la casa de mi abuelo era como ir a un shopping en navidad, lo cual hace más de 30 años te sentías como en la casita de dulces de Hanzel y Gretel, para empezar el árbol que él adornaba iba del piso al techo, y usaba la mitad de un gran living para crear el más hermoso pesebre que hubiese visto. El abuelo, no sé bien cómo, creaba ríos no de papel celofán azul, sino de agua real que corría, hacía cascadas y tenía todo tipo de animalitos, palmeritas que él mismo hacía, me quedaba horas observando cada adorno, era hermoso.

Esa es la herencia que tengo de mi abuelo (lamentablemente no tengo fotos, en ese tiempo no tenía cámara), me encanta adornar la casa en navidad, puede llevarme días y cansancio, pero aún así nunca lo supero en su inventiva.

Por el momento sólo he preparado el material para comenzar a adornar, luego te mostraré cómo quedó.


Yo que creí que deshojar margaritas era un juego sin ciencia.

Pues sí, no me hubiera puesto a pensar jamás que lo que consideraba un juego de niños y adolescentes, no hubiese sido inventado por un ser enamorado sin más complejidad que el confirmar el amor de su ser amado. Sin embargo, hasta hoy  encuentro la página de Alejandro Rojo, quien nos da una complicada pero ilustrativa explicación acerca de toda la ciencia que encierra este “simple juego”; y cómo no voy parafrasearlo hete aquí la dirección donde puedes leerlo: http://www.albertorojo.com/publicaciones/DeshojandoMargaritas.pdf


Pedir deseos a los panaderos… cosa de niños

 

Sí pues, no sé si en todas parte existe esta costumbre de  mostrarle a un niño una semilla de Diente de León, pedirle que la sople, pida un deseo e intente mantener a alguno de los plumines extremadamente fino volando y llevarlo lo más lejos posible para que de esta manera se cumpla el deseo, era una manera de mantenernos entretenidos, creo. Pero lo más curioso era que le llamábamos panaderos, y cada vez que veíamos uno, corríamos a agarrarlo diciendo: un panadero, un panadero, pidamos un deseo! estas son otras cosas bonitas de mi infancia, más allá de que a poco rato olvidáramos que habíamos pedido un deseo.


Primaveras de ayer y de hoy…

Cuando era una niña vivía en un hermoso barrio de casas bajas y cada una con un gran espacio de patio y jardín, donde la mayoría de los vecinos tenían sus árboles frutales, gallinero, galpón, parrales que iban desde la puerta trasera de la casa hasta el cerco del fondo del terreno, había un aljibe, mucho lugar para correr y árboles para trepar.

En ese tiempo, no importaba mucho que la primavera trajera consigo hermosas flores, no era mi prioridad, pero sí sabíamos mis hermanos y yo que pronto nos reuniríamos con papá para fabricar nuestras cometas (barriletes), así que un día salíamos a cortar cañas y luego papá con una cuchilla filosa hacía unas varillas derechitas y finitas, las cuales lijaba para que no nos lastimáramos con sus astillas. Luego alguno de nosotros iba al almacén de ramos generales, pues no había allí una papelería ni tampoco supermercado, y compraba hilo para cometa, así lo pedíamos. Una vez que teníamos todos estos implementos comenzaba cada uno a idear su diseño y papá se daba maña para complacernos. Yo recuerdo especialmente, un año en que me hizo un barco, sí, extraño, pero yo por alguna razón quería ver volando en el cielo una cometa con forma de barco, no lo hicimos con papel de cometa, sino con uno que teníamos a mano en casa y era de color celeste lo cual no contrataba mucho, por ello una vez que estuvo listo, mi tarea fue recortar dibujos y fotos coloridas de revistas y pegarlos por doquier.

Fabricar la cola también era un ritual, para el cual teníamos indefectiblemente que contar con mamá para que nos diera alguna camisa vieja para cortar en trozos, ella siempre nos conseguía telas variadas que anudábamos unas con otras y nos quedaba una cola colorida.

Difícilmente hoy vea una cometa “casera” revoloteando en el cielo, hoy son muy lindas, con los colores de los equipos deportivos de la región o diseños de dibujos animados. Pero detrás de ellas no guardan el recuerdo de un ritual compartido con papá y mamá.

Y lo más lindo era que el día de Primavera, se hacía el concurso de cometas, y había un premio para la cometa más grande, la más original, la que volaba más alto y a la más colorida. Solíamos ir a ver, pero no participábamos, no sé bien porqué, tal vez porque nuestro premio era simplemente disfrutar de hacer las cometas y luego hacerlas volar ayudados de los consejos de papá.


A los niños del mundo… ¡¡muy feliz día!!

Luego de unos días fríos y lluviosos, hoy amaneció hermoso y desde muy temprano pude oír desde mi ventana las voces y risas de los niños disfrutando sus flamantes juguetes y regalos, pues hoy aquí se celebra el día del niño.

Vaya para ellos, esos pequeños bajitos de las sonrisas hermosas y las lágrimas que duelen hasta a los adultos, a los que te hacen el día feliz y no saben mentir, a los traviesos e imaginativos, a los hiperactivos y pícaros, a los de la mirada de dulce de leche, a los de los besos que te duelen en la mejilla de tan apretados, a los que te quieren hasta el infinito de ida y vuelta, a los que te esperan con una sonrisa y la clásica frase: “¿qué me trajiste?” y con una hermosa mirada de ilusión, a los que esconden el cuaderno borroneado bajando la mirada, a los de los pucheritos interminables, a los de los cachetitos surcados por el llanto, a los que nunca se cansan, a los que no paran de hablar, a los que lo preguntan todo, a los que esperan que tengas tiempo para ellos, a los que te tironean la ropa diciendo: “comprame esto”,  a todos y cada uno: ¡¡MUY FELIZ DÍA!! y que los adultos no nos olvidemos de dejarles un mundo mejor ni de prepararlos desde el amor y el respeto para las relaciones del futuro.

¡Bendiciones en su día pequeñines!

 


Ahhh… mi infancia y los días de lluvia!

¿Existe una onomatopeya para los suspiros? si la conocés hacémelo saber, por ahora sólo escribiré: ¡mmm… huele a lluvia!, bueno, no exactamente, huele a tierra mojada por la lluvia, porque en realidad no sé cómo huele la lluvia.

En fin, este día gris, sereno y somnoliento, me pasea por el recuerdo de muchos años atrás, en que detrás de la ventana mirando la lluvia repiquetear en los vidrios, cantaba aquella canción que lamentablemente se me borra en lapsos y me deja una letra entrecortada… algo así: “… cuando llueve no hay permiso para salir a jugar… (luego en la misma canción hablando de juguetes para jugar adentro decía algo más…)  tengo un monito que hace chin-chin… la cantaba de niña, siempre que llovía y hasta ahora me llega la melodía desde la voz de mi mamá.

¡Qué bueno que existe internet para refrescarme la memoria, al encontrar la letra y la música de esa canción que no volví a escuchar desde aquellos días en que mirar por la ventana significaba acercar un banquito para alcanzarla y al estar frente al vidrio frío y empañado era imposible evitar garabatear con los dedos algún dibujo y luego apretar la nariz hasta deformarla y enfriarla en el vidrio.

No sé si has oído alguna vez esta canción pero hete aquí la letra real, no la de mi mente:

Cuando llueve no hay permiso para salir a pasear,

a través de mi ventana con la lluvia amiga, me pongo a jugar.

Con gotitas me dibuja todo lo que quiero ver, yo le muestro mis juguetes,

con la lluvia me voy a entender.

Tengo un monito que hace chin chin, una escopeta que tira pum pum,

un juego de carpintero, un carro lechero un auto y un tren.

Tengo un payaso que tiene un pom pom y cascabeles que suenan clin clin,

un caballito y un trompo, un gran barrilete y un monopatín.

Señora lluvia dame un charquito para que flote mi botecito…


Recuerdos de la infancia.

Cuán increíble es el comportamiento del tiempo, cómo obra y actúa en nuestras vidas. Tantas veces esperamos la llegada de algo, tan vital, tan importante, para que luego tras el nerviosismo del momento, pase y se transforme en un instante para recordar, con o sin detalles.

Pues sí, así es que esa frase: “Todo llega y todo pasa”, se vuelve tan real, que hasta duele pronunciarla, quedándome con la sensación que te deja el agua al escaparse de las manos.

¡Quién lo diría!, que podría hablar de décadas para referirme a mi infancia,  época hermosa en que no sabía de peligros, ni enfermedades ni bacterias, cosas de las cuales los niños de hoy están muy al tanto.

En estos días en que he oído hablar mucho acerca de los cambios climáticos y del hecho de que nuestro verano actual en nada se parece al de antes; vinieron entonces a mi mente los veranos de mi infancia, los recuerdo sofocantes, secos, prácticamente sin lluvias y  con la obligatoria siesta que cortaba las ganas de jugar, pues con o sin sueño había que dormir, lo que difícilmente pasaba; es así que generalmente mis dos hermanos me designaban como espía de la siesta de mis padres (puesto que era la más pequeña) y así asegurarnos que estaban dormidos. Mis fugas no eran tan lejanas como las de mis hermanos, a quienes solía perderles el rastro; pero eso no importaba demasiado, yo no me alejaba mucho pues tras la verja de aquella casa con un amplio terreno, allí escondiéndose bajo la sombra del Paraíso (árbol frondoso de flores perfumadas) del frente de la casa estaba Mariela, esperándome cada tarde, ¿para jugar? no pues, simplemente para charlar bajito, pues 5 metros nos separaban de la ventana del dormitorio de mis padres.

La piel de Mariela era casi azul marino ocuro, su cabello abigarrado siempre estaba muy corto, usaba unas caravanas (aros, aretes, pendientes) pequeñitas con una piedrita blanca brillante que resaltaba mucho en sus lóbulos. Nos separaban 5 años, yo tenía 8 y ella 13, muchas veces nuestras charlas no tenían ni pies ni cabeza, en primer lugar porque no siempre conseguía entenderla al hablar pues su labio leporino, no permitía que hablase muy bien, y segundo porque ella era más grande y tenía más temas que yo que vivía en una burbuja de la cual solo me escapaba en las siestas veraniegas.

Recuerdo muy bien, porqué a Mariela no le importaba mi ignorancia y me esperaba tras el muro y la verja de la casa. A pesar de todo éramos amigas, yo no me burlaba de ella como el resto de los chicos del barrio, yo no le ponía nombretes y lo más importante… es que estaba allí para escucharla, para compartir un rato juntas.

Claro que un buen día una vecina vino a decirle a mamá de mis escapadas de la siesta, cómo podía estar en el frente de la casa, sentada sobre el césped con las piernas estiradas y la espalda recostada en el muro, riéndome bajito con Mariela, esa niña que todos aislaban con prejuicios. Mamá consideró, por supuesto que yo debía hacer la siesta y no quedarnos allí solas, sin vigilancia, pero lo bueno fue saber que Mariela podría venir a casa en otras horas.

¿Qué ha sido de ella? No lo sé, dejé de verla cuando a los 11 años nos mudamos a otro barrio bastante lejos, no he regresado a aquella casa del muro, la verja y el amplio terreno; sin embargo, ahora suelo pasar seguido por la ruta y me dan ganas de caminar esas dos cuadras necesarias para llegar hasta la casa de la infancia y ver si aún existe el paraíso, el muro y la verja.


Mi primera cámara…


¡Qué grato es recibir un regalo que estabas esperando con tantas ganas!, que lo soñaste por años, que lo miraste en las vidrieras con deseos de tocarlo, investigarlo, usarlo… jaja… y en aquella edad, ¿por qué no decirlo? Con ganas que otros lo vieran en tus manos.

Fue una navidad a los 14 años, seguramente porque mis padres estaban cansados de oírme decir que quería una cámara y el momento finalmente llegó; aquella noche de hace tantos años atrás tuve en mis manos una cajita muy bien envuelta que en ese momento no supe qué podría ser, no lo imaginé, porque mis padres sí que sabían callar las sorpresas, y esto se debía a que aunque yo no lo supiera ellos venían con una cámara invisible incorporada en sus ojos para guardarse esos instantes únicos, invaluables, entonces, no había nada en el mundo que los hiciera perderse nuestras caras de sorpresa, para guardarlas por siempre, hoy sé que con esa cámara del alma y del amor, no hay canon, ni leika, minolta, nicon, sony, etc. que pueda competir.

Lo cierto es, que acostumbrada a paquetes de regalo más grandes, lo abrí con ciertas dudas, sin embargo al ver que decía Kodak, salté de alegría y luego vi más, y suspendí las ansias para sacarla con cuidado, al final de cuentas no era cuestión de romperla antes de poder usarla, si ya sé no era la gran cosa, pero no muchos de esa edad usaban cámaras por más simples que fueran, hablo de mi entorno y mi país, pues recuerdo bien que si había un paseo en la escuela, había que salir a pedirle a alguien una cámara prestada o si tus padres tenían una, te daban una lista larga de recomendaciones, agarrala con cuidado, no la prestes, guardala en el estuche, sujetala por la correa, no la dejes en cualquier lado, y la clásica pregunta: ¿te acordás bien cómo tenés que hacer para sacar las fotos no? (niños de hoy, no se rían) y que se yo cuantas cosas más había que hacer para que te confiaran la cámara. Pero, aquella era mía y yo sabía que debía cuidarla.

¡Wow! Por fin salió de la caja mi Kodak Instamatic 11, no tenía flash, por supuesto era muy básica, pero para mis conocimientos no hacía falta más.

Luego les contaré mucho más de mis grandes logros a partir de esta cámara.


Aprendiendo a los ponchazos…

Lo más parecido a una cámara que tuve en mis manos a los 12 años fue lo que parecía ser un rollo 110 en su cajita, era una supuesta “cámara” descartable que no recuerdo bien cómo llegó a mis manos, tal vez fue un intento de algún adulto por adormecer mis deseos de tener una cámara real, (allá por el año ‘79 en plena dictadura), no lo sé, pero, aquel prisma rectangular no media más de 8 cm. de largo por 3 de alto, ¡wow! Era supersofisticado.
En fin, esa cajita tenía en la parte superior un botón a modo de disparador, un pequeño orificio que obraba de objetivo y por supuesto un mini visor, eso era todo; sin embargo, yo creía que tenía todo lo que necesitaba para sacar fotos espectaculares como las de National Geographic. Bueno podría hacer el intento con apenas 24 posibilidades.
A diferencia de los niños de hoy que a los 5 años ya son expertos en todo, pues ya han manipulado controles remotos, celulares, dvd, tv, computadoras, etc. Yo a esa edad creí que con lo que tenía en mis manos podía empezar mi gran carrera, pensando en las pequeñas flores que tomaría nítidas y grandes (imaginé que era cuestión de acercar el objetivo la suficientemente cerca al objeto y listo!).
Para esta instancia todavía no pensaba en tomar fotos a los rayos, no porque no pudiera hacerlo con esa cámara descartable sino porque era pleno verano y faltaba mucho para las tormentas eléctricas, y bueno, así pensaba a los 12 años.
Seguro que ni se imaginan mi gran sorpresa una vez revelado aquel rollo, no había una sola foto que pudiera conservar, todas estaban borrosas, mal enfocadas, etc., etc.
La verdad es que esta primera experiencia me desilusionó un poco, sin embargo, comencé, siempre que podía a investigar sobre las cámaras que tenían familiares o vecinos y a su vez leía lo que encontraba en diarios y revistas sobre fotografía, lo cual no era tan fácil como lo es ahora con internet.
Esto es sólo el principio.


Cómo adquirí el gusto por la fotografía

Recuerdo bien que en mi infancia la mayoría de los inviernos la pasaba enferma, por lo cual mis pasatiempos estaban limitados a pintar, dibujar, leer y ver televisión.  Con el tiempo comprar libros de cuentos y de colorear era todo un presupuesto, así que papá comenzó a conseguirme en la feria revistas usadas de National Geographic, estas impactaron mi vida causando una impresión imborrable en mí, al punto que aún hoy recuerdo la primera que vi a los 8 años. La revista contenía un artículo de varias páginas con fotografías de rayos, recorriendo cielos, grises, violetas, negros, azul marino, sepia;  me maravillé en gran manera al verlas y pensé que algún día tomaría una foto como esas, sin imaginar  siquiera si sería fácil o qué necesitaría para llevar a cabo tal deseo.

Siguiendo con la recorrida de las páginas de la revista, continuó mi embelesamiento, al ver bosques, mares, desiertos, cielos, ríos, animales, flores, todo plasmado con tanta belleza que pensaba que eran lugares mágicos, pues nunca en la vida real habían captado mis ojos aquellas cosas que veía en esas revistas.

Agradezco a Dios que nunca olvidé mi sueño de fotografiar un rayo y que fui trabajando muy lentamente para cumplirlo (ya les contaré cómo), y aunque transcurrieron 30 años me siento feliz de haberlo logrado, es verdad que mi foto no se parece a las de National Geographic, pero hice lo que pude con la cámara que tenía y me siento satisfecha.

Silvia Marcel Acuña (más…)