Es un blog de fotos de la naturaleza, viajes y cosas bellas en general.

Historias

¡Cuatros meses ya! y la extraño como el primer día

Iara fue un ser especial en mi vida, tierna al extremo de su mirada hasta cada gesto. Tengo tantos recuerdos y anécdotas que desde pequeña ella fue forjando para mi mente.

Sí, la idea era agregar aquí un vídeo que le hice pocos meses antes de morir, no tiene la mejor calidad, ni tampoco el mejor encuadre, pero quería mostrar como ella sabía contar hasta “dos”, cada vez que era su hora de comer, le daba dos vasos de alimento balanceado al mediodía y dos a la noche, entonces jugaba con ella diciéndole que sólo le daría uno, y ella hacía que NO con la cabeza y se iba hacia atrás y se sentaba a esperar que le sirviera el segundo. Ese juego se había vuelto una especie de ritual pues me gusta disfrutarlo con ella.

En cuanto pueda editar el vídeo de manera que me deje subirlo lo haré. Pues Iara es otra de las maravillas de la naturaleza que disfruté por algunos años y vale la pena que la conozcas.

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Para el día de las Madres, una historia de abrojos y espinas

Me gusta traer recuerdos de mi infancia en el Día de la Madre, porque en cada uno ella tuvo un rol significativo.

Como aquellos días en que supuestamente, bajo la vigilancia de mis hermanos mayores, me embarcaba a la aventura de recorrer los extensos terrenos baldíos que se extendían por nuestra pintoresca Villa.

Recuerdo muy bien, todas las advertencias que recibíamos de mamá antes de salir en estos paseos, en primer lugar debía ponerme pantalones largos para cuidarme de los  rayones de los cardos, abrojos, chircas y rosetas. Algo que no debíamos hacer era comer frutas verdes ni calientes del sol y mucho menos sin lavar, tampoco comer revienta caballo (lo cual era toda una tentación, se me hacían pequeños tomatitos que siempre quería arrancar), estas eran sólo algunas de las cosas de la lista que me preparaba para salir a descubrir la naturaleza.

Si bien, nunca probé revienta caballo, y solo llegué a comer moras silvestres sin lavar, un buen día entendí la advertencia de los pantalones largos, luego de haber corrido entre los chircales, haberme llenado las medias de abrojos y ver mis piernas surcadas por los arañazos de los cardos.

Así es que puede un niño comprender parte de la sabiduría materna. Porque las madres pueden protegerte desde lejos, ya que mientras tú ni te enteras ellas guardan en ti sus palabras, las cuales regresan a ti cuando las necesites. Hay muchas cosas bellas que puedo decir de mi madre, pero hoy quería recordar una historia de mi infancia, en la que ella siempre estuvo presente, cuidándome y mostrándome su más detallado cuidado.

Agradezco tenerla todavía cerca mío y poder seguir brindándole mi amor. Espero poder cuidarla tanto como ella me cuidó.

Para tí mamá, por todas las veces que me evitaste las espinas!!

 


¿Urraca parlanchina?

Sí, recuerdo que en mi infancia solía ver Las Urracas Parlanchinas, dos pájaros negros y revoltosos, que solían comerse las mazorcas de maíz como si fueran el rodillo de una máquina de escribir, no eran mis dibujos predilectos, pero en esos días no había tanta variedad para elegir, además la programación televisiva comenzaba tarde, tipo a las 17.00 hs. así que si ibas a la escuela por la tarde, llegabas justo para tomar la leche y ver los dibujitos.

En fin, no era de los dibujos de los que quería hablarles sino del hecho que finalmente hace unas semanas conocí personalmente una Urraca y no se le parecía a las que solía ver en dibujos. Tal vez existan muchas especies de Urracas. Y esta del zoo, era realmente hermosa y tranquila o al menos lo estaba ese día.


La herencia de mi abuelo

Una vez más ha comenzado el mes de diciembre, lo cual me llena de un espíritu especial, por muchas razones en realidad; una es que ya estamos cerca del verano y solemos tener por aquí unos hermosos días soleados, a veces calurosos, pero hermosos al fin pues no es posible tenerlo todo, ¿no crees?

En fin, otra razón es que me encanta la navidad, por lo que significa y porque pongo en uso la herencia de mi abuelo paterno. Tal vez pensaste que se trataba de algunos platos, fuentes o adorno navideño que recibí de él, pero la verdad es que lo que conservo de mi abuelo son más bien recuerdos, pocos, pero lindos.

Te diré que durante mi infancia visitar la casa de mi abuelo era como ir a un shopping en navidad, lo cual hace más de 30 años te sentías como en la casita de dulces de Hanzel y Gretel, para empezar el árbol que él adornaba iba del piso al techo, y usaba la mitad de un gran living para crear el más hermoso pesebre que hubiese visto. El abuelo, no sé bien cómo, creaba ríos no de papel celofán azul, sino de agua real que corría, hacía cascadas y tenía todo tipo de animalitos, palmeritas que él mismo hacía, me quedaba horas observando cada adorno, era hermoso.

Esa es la herencia que tengo de mi abuelo (lamentablemente no tengo fotos, en ese tiempo no tenía cámara), me encanta adornar la casa en navidad, puede llevarme días y cansancio, pero aún así nunca lo supero en su inventiva.

Por el momento sólo he preparado el material para comenzar a adornar, luego te mostraré cómo quedó.


Esos cielos de las tardes…

La tarde puede ser, para muchos, la hora de volver de un paseo, de un viaje, del trabajo, de visitar a la familia, etc. De repente te encuentras pensando en llegar a casa, darte una ducha, cocinar, oír los mensajes en la contestadora, poner orden en algunas cosas, ver algún programa televisivo, etc. mientras los kilómetros avanzan y tu mente avanza también te das cuenta que a tu alrededor, en el auto, el tren o el bus, todo se tiñe de un tono ámbar; entonces al mirar la ventanilla, le haces un STOP a todo pensamiento, porque el cielo que estás viendo es espectacular y simplemente no quieres perderte como va cambiando a cada segundo de color.

No sé tú, pero yo (y no es la canción de Luis Miguel) dos por tres me encuentro en esta situación, y la disfruto y si tengo una cámara intento hacerla perdurar en el tiempo.


Pedir deseos a los panaderos… cosa de niños

 

Sí pues, no sé si en todas parte existe esta costumbre de  mostrarle a un niño una semilla de Diente de León, pedirle que la sople, pida un deseo e intente mantener a alguno de los plumines extremadamente fino volando y llevarlo lo más lejos posible para que de esta manera se cumpla el deseo, era una manera de mantenernos entretenidos, creo. Pero lo más curioso era que le llamábamos panaderos, y cada vez que veíamos uno, corríamos a agarrarlo diciendo: un panadero, un panadero, pidamos un deseo! estas son otras cosas bonitas de mi infancia, más allá de que a poco rato olvidáramos que habíamos pedido un deseo.


Buscando la luz al final del túnel

La mayoría de las ciudades  suelen tener un túnel, unos más largos, otros más cortos, más iluminados, más amplios, etc. los mismos suelen volverse algo cotidiano al punto de no afectarnos mayormente; sin embargo, si has tenido que viajar por carretera a través de montañas y cordilleras la cosa cambia, pues uno se da cuenta que las luces no son suficientes, que el espacio nunca es tan amplio pues, ¿a quién se le ocurriría hacer un túnel amplio corriendo peligro de debilitar la estructura de la mole de roca?

Es así que cuando te topas con uno de estos, nunca sabes qué tan largo sea, pero al momento de entrar ya percibes que por más que fuerces tus ojos, la distancia en la oscuridad es mucha, pues ni siquiera se divisa un haz de luz.

Debo admitir que mi claustrofobia se puso a prueba más de una vez en el viaje que llevamos a cabo desde Uruguay a Ecuador, por tierra. Realmente, al tener frente a mis ojos una imagen como la de la foto, comenzaba mi inquietud porque no tenía control del tiempo que permanecería en ese túnel, en la oscuridad, con otras personas sentadas en sus respectivos asientos consumiendo “mi aire”, esos son los pensamientos de alguien claustrofóbico que se sabe entre la espada y la pared, sin más posibilidad que esperar que pase el trago amargo.

Cerrar los ojos por lo que parecen minutos interminables no ayuda cuando al abrirlos continuas en la oscuridad, en lo que tu mente dice que es un espacio pequeño, cerrado y con esas ventanas de los buses que no se abren se vuelve una situación caótica; pero rescato que el ser humano se olvida o al menos relega a un segundo o prufundo lugar de sí mismo estas situaciones una vez que pasan, para disfrutar luego del haz de luz, del nuevo paisaje que se divisa al salir, de la ilusión de sentir que ante la luz estás más libre y el espacio es más grande y ya nada tenés que temer.

Me río de mí cuando me pasan estas cosas; sin embargo volvería a vivirlo con tal de descubrir esos paisajes nuevos que se abren con la primera luz que se deja ver desde el túnel.