Es un blog de fotos de la naturaleza, viajes y cosas bellas en general.

Recuerdos de la infancia.


Cuán increíble es el comportamiento del tiempo, cómo obra y actúa en nuestras vidas. Tantas veces esperamos la llegada de algo, tan vital, tan importante, para que luego tras el nerviosismo del momento, pase y se transforme en un instante para recordar, con o sin detalles.

Pues sí, así es que esa frase: “Todo llega y todo pasa”, se vuelve tan real, que hasta duele pronunciarla, quedándome con la sensación que te deja el agua al escaparse de las manos.

¡Quién lo diría!, que podría hablar de décadas para referirme a mi infancia,  época hermosa en que no sabía de peligros, ni enfermedades ni bacterias, cosas de las cuales los niños de hoy están muy al tanto.

En estos días en que he oído hablar mucho acerca de los cambios climáticos y del hecho de que nuestro verano actual en nada se parece al de antes; vinieron entonces a mi mente los veranos de mi infancia, los recuerdo sofocantes, secos, prácticamente sin lluvias y  con la obligatoria siesta que cortaba las ganas de jugar, pues con o sin sueño había que dormir, lo que difícilmente pasaba; es así que generalmente mis dos hermanos me designaban como espía de la siesta de mis padres (puesto que era la más pequeña) y así asegurarnos que estaban dormidos. Mis fugas no eran tan lejanas como las de mis hermanos, a quienes solía perderles el rastro; pero eso no importaba demasiado, yo no me alejaba mucho pues tras la verja de aquella casa con un amplio terreno, allí escondiéndose bajo la sombra del Paraíso (árbol frondoso de flores perfumadas) del frente de la casa estaba Mariela, esperándome cada tarde, ¿para jugar? no pues, simplemente para charlar bajito, pues 5 metros nos separaban de la ventana del dormitorio de mis padres.

La piel de Mariela era casi azul marino ocuro, su cabello abigarrado siempre estaba muy corto, usaba unas caravanas (aros, aretes, pendientes) pequeñitas con una piedrita blanca brillante que resaltaba mucho en sus lóbulos. Nos separaban 5 años, yo tenía 8 y ella 13, muchas veces nuestras charlas no tenían ni pies ni cabeza, en primer lugar porque no siempre conseguía entenderla al hablar pues su labio leporino, no permitía que hablase muy bien, y segundo porque ella era más grande y tenía más temas que yo que vivía en una burbuja de la cual solo me escapaba en las siestas veraniegas.

Recuerdo muy bien, porqué a Mariela no le importaba mi ignorancia y me esperaba tras el muro y la verja de la casa. A pesar de todo éramos amigas, yo no me burlaba de ella como el resto de los chicos del barrio, yo no le ponía nombretes y lo más importante… es que estaba allí para escucharla, para compartir un rato juntas.

Claro que un buen día una vecina vino a decirle a mamá de mis escapadas de la siesta, cómo podía estar en el frente de la casa, sentada sobre el césped con las piernas estiradas y la espalda recostada en el muro, riéndome bajito con Mariela, esa niña que todos aislaban con prejuicios. Mamá consideró, por supuesto que yo debía hacer la siesta y no quedarnos allí solas, sin vigilancia, pero lo bueno fue saber que Mariela podría venir a casa en otras horas.

¿Qué ha sido de ella? No lo sé, dejé de verla cuando a los 11 años nos mudamos a otro barrio bastante lejos, no he regresado a aquella casa del muro, la verja y el amplio terreno; sin embargo, ahora suelo pasar seguido por la ruta y me dan ganas de caminar esas dos cuadras necesarias para llegar hasta la casa de la infancia y ver si aún existe el paraíso, el muro y la verja.

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2 comentarios

  1. Lydia Pérez G.

    Busca a Mariela y tómale foto.
    Linda historia, bonita y tierna amistad.

    12 febrero, 2011 en 8:36

  2. Lo haría pero ni siquiera tengo su apellido. Lo único que me ayudaría sería volver al barrio y enterarme que nunca se fue de allí y encontrarla.

    12 febrero, 2011 en 14:18

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